El miedo a usar palabras que no figuran en el diccionario

Muchos abordan el asunto de incorporar nuevas palabras a nuestro vocabulario con un recelo acaso excesivo, propio de quienes arrastran un montón de tópicos por bagaje. En el otro extremo, están los que niegan la importancia de mantener unas reglas lexicográficas elementales, que suelen darle patadas al diccionario a la mínima ocasión, más por incultura o desidia que por verdadero convencimiento. Transitar por el punto medio, pues, es tarea para funambulistas.

Es difícil, pues, posicionarse en un punto medio sin enzarzarse en diatribas ideológicas acerbas. Con todo, a mi modo de ver, los garantes de la pureza del idioma incurren en este error: no hay nada más inútil que un idioma escasamente dinámico incapaz de rellenar lagunas léxicas. Se deben conocer las acepciones de las palabras, por supuesto, y también hay ser estrictos con su uso; pero nunca hay que perder de vista la realidad social en la están inmersas las palabras.

Se dice que, habiendo ya palabras en español para referirse a determinadas cosas, es absurdo y contraproducente para el propio idioma que empecemos a usar palabras de otros idiomas. Sin embargo, esta actitud se parece mucho a lo de poner puertas al campo. En un mundo cada vez más globalizado, en el que Internet favorece la comunicación entre personas de todos los países del mundo, la selección natural de las palabras opera más deprisa y poco o nada importa que un grupo de personas presione para que esto no suceda. Tardará más, pero sucederá.

Por eso no hago mucho caso cuando alguien me dice que empleo una determinada palabra que no existe en el DRAE, por ejemplo. Porque tengo especial predilección por la verborrea en la que se mezclan cultismos, palabras de kinki, neologismos, palabras inventadas, construcciones de prefijos y sufijos totalmente libres (como piezas de tente), anglicismos, germanismos, giros coloquiales, frases de películas y, en general, un gigantesco código cifrado que sólo el que haya abrevado en toda las clases de culturas habidas y por haber podrá descifrar convenientemente (aunque el lector neófito también puede entender o suponer mucho de lo que lee, si bien no captará totalmente su esencia).
Por eso disfruto  leyendo las a veces crípticas reseñas cinematográficas, por ejemplo, de Jordi Costa, Antonio Trashorras o Nando Salvá, los más proclives a introducir neologismos y préstamos lingüísticos.

Pero bueno, todo eso son cuestiones muy subjetivas, y doy por sentado que los textos que pretenden ser didácticos deben tender a la claridad expositiva y, por tanto, atenerse al vocabulario canónico.

¿Entonces? Toda esta parrafada viene a cuento de una noticia que he leído estos días. Siglas de uso común en la Red entre anglosajones e hispanohablantes como LOL (“Laughing out loud”, riendo alto ), OMG (“Oh, my god!”, ¡Oh, Dios mío!), TMI (“Too much information”, Demasiada información) o FYI (“For your information”, Para tu información), que cada vez se utilizan más fuera del contexto electrónico, han sido incorporadas al Diccionario de Inglés Oxford en su última ampliación.Fuente: Papel en Blanco/LIVDUCA

El idioma cambiante
Estos días estoy leyendo El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico, de Santiago Ramón y Cajal, en una edición facsímil que me regalaron unos amigos cuando cumplí los 30. Es un relato de la visión del mundo que podía tener un viejo cascarrabias (o no tan cascarrabias, según el momento) de la primera mitad del siglo pasado.

En una de las partes del libro, se lamenta Ramón y Cajal de los cambios que sufre el lenguaje, y la innecesaria, para él, introducción de neologismos y el mal uso que se le empieza a dar a algunas palabras que se utilizaban anteriormente para otra cosa completamente diferente. Hay cosas ciertamente curiosas en la enumeración que hace, tanto por la aparición de términos que hoy en día no harían que nadie se pensara dos veces si su uso es correcto como muchos de uso completamente común hoy en día. La lista que copio a continuación no está completa, pero vale para hacerse una idea:

Constatar, por comprobar, reconocer, verificar, confirmar, contrastar (según los casos).

Avalancha, por alud. Tamaño galicismo se ha extendido tanto, que hasta escritores tan castizos y de buen gusto como Palacio Valdés lo emplean.

Financiar o finanzar, por costear. He aquí el fruto deplorable de extraer verbos de sustantivos y de singularizarse empleando ociosos neologismos.

Opositar, por hacer oposiciones. Barbarismo empleado para evitar minúscula perífrasis.

Estructurar, por organizar. Otro disparate nacido del afán pedantesco de lanzar vocablos nuevos.

Masaje, en vez de amasamiento, frotamiento. Los médicos renunciarán difícilmente al empleo de este galicismo (el “massage” francés), usado desde hace muchos años. Publicado el 09/05/2011 por RinzeWind

El miedo a usar palabras que no figuran en el diccionario

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