Pasajes olvidados del Libertador


Ivette Durán Calderón
Sin precisar si fue ingenuidad o ignorancia lo que motivaba a nuestros antepasados a celebrar los días destinados a los santos, (citemos el ejemplo de que siendo San Simón el 28 de octubre y San Antonio el 13 de junio), creían que eran esas fechas y no otras, las del onomástico de cada uno de los libertadores, y festejaban consecuentemente, a cada uno de ellos todos los años en los citados días.
Coincidió entonces, que la visita anunciada del Libertador Simón Bolívar a la Villa Imperial de Carlos V (Potosí - Bolivia), fuera precisamente un 28 de octubre. Lo cual motivó un gran despliegue de recursos, la ciudad entera se engalanó para honrar la presencia de tan ilustre personalidad.
La noche del 27 se iniciaron los festejos con bailes populares en la Plaza del Regocijo, danzas incásicas, fuegos artificiales e iluminación general de las fachadas. Se ofreció al Libertador una hermosa serenata ejecutada con instrumentos de cuerda y luego con la música de la Banda Militar Húzares de Colombia.
La aurora del día 28 fue saludada por descargas de artillería, y luego hubo un paseo matinal alegre y alborotado. A las 9 de la mañana se celebró una misa en la Iglesia de la Compañía de Jesús, el celebrante fue el capellán de Bolívar, y lo acolitaron los curas Calero y Juan de la Cruz, predicó el R.P. Castro de la Iglesia de San Francisco.
Los empleados de la Casa de la Moneda y Banco de San Carlos ofrecieron un gran banquete en los salones más elegantes de dicho edificio.
Cómo fueron los preparativos y los aspectos culinarios es otra historia, pues lo que se pretende en este relato es recordar detalles que algunos historiadores pasaron por alto en diferentes biografías hechas del Libertador.
Organizada la fiesta de gala, como se la llamaría ahora, en instalaciones de las Arcas Reales, donde además se improvisó un anexo para que pudieran caber cómodamente por lo menos doscientas parejas, ahí estuvo Simón, ataviado no con sus galas militares sino vestido de "civil" como dirían hoy los militares, es decir, vestía un elegante frac de paño negro de corta levita, medias de seda, zapatillas de charol con hebillas de oro, corbata blanca, el consabido calzón corto de paño y por única condecoración la medalla de Washington obsequiada por el Presidente de Estados Unidos. Si mucho impactó su vestimenta, mucho más lo hizo su aspecto personal, pues por vez primera se había quitado las patillas y los bigotes.
Bolívar no era un hombre de modales refinados, sin embargo la habilidad que tenía para manejar las Relaciones Humanas en el lugar donde se encontrare y con quien fuere, es por todos muy conocida. Es así, que en la mentada fiesta hizo lo suyo, conversó con todas las damas, con algunas mayor tiempo que con otras, en especial con la esposa del Gral. Quintana, bailaron juntos casi dos horas al son de la orquesta de piano y violines; cuando se produjo el primer descanso de los músicos, de inmediato sonaron los acordes de los Húzares de Colombia, cuyo ritmo contagioso entusiasmó hasta al más indiferente.
Mientras recorría el salón, pues, dicho sea de paso, no permaneció sentado ni un solo momento, el Libertador se percató de la presencia del Gral. José Laurencio Silva, cuyo color aceitunado de su piel lo hacía confundir con el personal de servicio es decir con los esclavos vestidos de libres, quienes oficiaban de garzones o saloneros. Silva estaba turbado pues ninguna de las elegantes damitas le concedió el honor de bailar una pieza, el desaire era muy notorio, tanto que Bolívar, decidió remediar ese mal momento pasajero como todo nubarrón. Se aproximó a él y en voz alta, tan alta como pudo para llamar la atención de los presentes le dijo:
-¡Señor José Laurencio Silva, General Venezolano, ilustre prócer de la independencia americana, héroe de Junín y Ayacucho, tan conocido por sus célebres hazañas, a quien Bolivia le debe amor, Colombia admiración, Perú y Venezuela gratitud eterna, sabed que el Libertador Simón Bolívar quiere honrarse en bailar un vals con tan distinguido personaje!
Así lo hicieron, con la prestancia de los varones de la época ofrecieron un breve espectáculo ya que casualmente ambos eran muy buenos bailarines, tal fue el efecto de su intención, que a partir de ese momento Silva no paró de bailar ni un solo minué, bolero y ombú.


Fuente: Biblioteca y Archivo privado de Ivette Durán Calderón

Ilustración: José Ignacio Cabrujas

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