¿Dónde están los paladines de la justicia?

Por: Ivette Durán Calderón

  El abogado, a través del tiempo fue adquiriendo gran trascendencia como el más alto exponente de la defensa de los derechos de la justicia.

  El abogado, como servidor de la justicia y como responsable de la correcta administración, debe mantener en alto el honor y dignidad de su profesión, asumiendo una irreprochable actitud y ejemplar conducta en sus actos y, sobre todo, en el desempeño de su profesión

  La historia refleja a los profesionales del derecho, a los versados de las Ciencias Jurídicas, como conocedores del espíritu humano, defensores, letrados y oradores por el despliegue de fuerza de su elocuencia.

El Nuevo Testamento presenta a Jesucristo como juez justo y supremo abogado dispuesto a llevar la buena causa de las almas; los griegos y romanos acudieron a esta profesión en momentos difíciles para solucionar conflictos muy severos.

  Hombres dotados de moral, de capacidad y sabiduría suficiente, han llevado en alto los principios de la razón, el derecho y la justicia, enalteciendo esta sacrificada labor en la constante lucha por lograr que las relaciones humanas de los hombres en la sociedad se desarrollen dentro del respeto mutuo, paz, equidad y justicia. La historia se ha encargado de enaltecer esta noble tarea, sacrificada e ingrata las más de las veces.

  La profesión del abogado ha sido atacada por subalternos intereses de quienes, llevados por pasiones, rencores, envidia, celos profesionales, ocultas intenciones, despecho de litigantes vencidos y otros factores, han vertido sus sentimientos adversos en contra de esta digna profesión y de quienes invisten el atuendo de la justicia, calificando a los abogados con una serie de adjetivos y castigándolos con innumerables calumnias, injurias e incluso apelativos peyorativos.

Sin embargo como toda actividad humana, no se puede desconocer que también han existido y existen abogados que, perdiendo su propia identidad y aparentando ser defensores de la justicia, adoptan conductas innobles y egoístas para obtener beneficios personales en desmedro de los valores sociales que sustentan dicho derecho, olvidando que la moral y la conciencia son la piedra fundamental y que éstas, en última instancia, les pedirán cuentas a sus actos, al margen de las condignas sanciones que merezcan por el daño a la sociedad y a la alta función del servicio público que le asigna la Ley de Abogacía de cualquier país del mundo.

  No es un sentimiento lírico el pretender redimir nuestra verdadera identidad. Debemos recuperar y mantener el respeto por nuestra sociedad, y sobre todo, ser conscientes de que la profesión no es sólo un medio para ganarse la vida; sino también la vida honrosa para el engrandecimiento de nuestro espíritu y de quienes nos rodean.

Por ello, debe primar siempre un sentimiento de orgullo por la alta función que nos ha encomendado la sociedad, debiendo constituir un verdadero desafío para nosotros: reconquistar la verdadera imagen del abogado, como genuino paladín de la justicia en nuestro suelo patrio y allende sus fronteras, allí, donde nos encontremos.

¿Dónde están los paladines de la justicia?

Diseño web Murcia